Primeros Pasos {cuarta parte}
Desprendemos del marco general de relaciones interpersonales algunas experiencias interesantes, nos referimos a algunas de nuestras relaciones típicas en el hogar alcohólico.
Nuestra tendencia a depender, a exigir seguridad, nos impelió a “buscar” una compañera o compañero protector, es decir, como bien se maneja a nivel catarsis, una madre o un padre, alguien que nos protegiera en el más amplio de los sentidos; ésta exigencia infantil está disfrazada como una justa demanda de comprensión, alguien que nos apapachara nuestras borracheras, que no la hiciera de a tos, que enfrentara los pequeños problemas que nosotros no deseábamos encarar: hijos, casa, etcétera, ya que nuestro “nivel de importancia” y nuestro “nivel de hombría” cubrían nuestro temor a la realidad; no sabíamos cómo ser padres, de hecho, ningún niño sabe cómo serlo; lo único que nos gustaba en este caso era “jugar el papel”, darnos importancia, decir como es, transmitiendo en este acto nuestros temores, nuestras frustraciones, resentimientos, etcétera. Intentamos hacer de nuestros hijos aquello que no somos, y en casos graves de autoengaño, aquello que creemos ser. En estas condiciones de inmadurez total, no es difícil generara conflictos continuos en nuestros menores, ponernos a su nivel emocional; “el dulce hogar” es el campo de batalla de nuestros instintos. Este panorama tiene sus variantes, el alcohólico con profundos sentimientos de culpa, con mil temores a flor de piel, siente la necesidad de más protección de la que mamá-esposa puede darle y trata de buscarla en sus propios hijos, caso equiparable cuando los polluelos recién nacidos, que se hacinan bajo el calor de mamá-gallina. En algunos casos de esta relación dependiente, se generan resentimientos hacia la compañera, mismos que se manifiestan cuando el alcohol rompe las barreras inhibitorias de temor e inseguridad, y aparece en todo su esplendor “el macho mexicano”, para al día siguiente llorar por fuera o por dentro (de acuerdo a la magnitud de su egocentrismo) “perdón, vida de mi vida”.
El alcohólico dependiente tiende a estar arriba de la montaña o debajo de la montaña. impide en algunos casos el crecimiento normal de sus seres queridos, y no es raro que la madre-esposa del alcohólico, sea también víctima del infantilismo y el matrimonio un juego infantil, remedo de “la comidita”.
Cuando esto sucede, no existe conciencia de las partes, en una sociedad de niños, todo es capricho y emoción, todo es “yo te manipulo” y “tú me manipulas”, etc.
En el seno de nuestros grupos comenzamos a escuchar la exposición al desnudo de este tipo de relaciones, con su problemática consecuente, y también a vivir los primeros conflictos de nuestro crecimiento, como quiera que sea, nuestra compañera o compañero comienzan a ver que algo raro está aconteciendo, en la personalidad de su consorte, que hasta una nueva Jerga idiomática es introducida en su casa: “así es”. “por algo es”, etc. etc., seguramente en muchas ocasiones nuestros seres queridos desearon que nosotros dejáramos de beber para dedicar nuestro tiempo y nuestro esfuerzo en “rendir pleitesía” a la “reina del hogar”, o bien para vivir postradas de hinojos adorando al “rey de la creación”, nuestro compañerito.
Toda esta ilusión comenzará a desvanecerse cuando el enfermos alcohólico comience a concientizar en primer término, su necesidad de militancia, a padecer las obsesiones o bien, los efectos de la terapia y de la recuperación, cuando actuando de la mejor buena voluntad evita la permanencia en el hogar, para no seguir dañando. Las experiencias han demostrado toda una gama de reacciones y de temores en torno al enfermo alcohólico. La mayor parte de esos problemas son trascendidos sin dificultad una vez que se haya tomado conciencia de los mismos, se hayan objetivizado y trabajado con honestidad. Aquellos otros de dependencias graves, su concientización será lenta.. en otros, dolorosa; los socios familiares del enfermo alcohólico tendrán que crecer o cargar la recuperación de su enfermo, algunos de ellos pensarán que de acuerdo con las nuevas condiciones, no vale la pena la sociedad. De hecho, aún en relaciones menos enfermas, tenemos que reconocer que nuestros “vínculos matrimoniales” fueron desde su inicio, una batalla para lograr la hegemonía, o bien una supeditación total. Toda madurez, requiere un proceso lento y paciente.
